Adriana se despertó a las tres y diecisiete de la mañana con la certeza incómoda de que había soñado con Franco.
No con él en ningún escenario específico. Solo con la temperatura del aire cuando él estaba en el mismo cuarto. Con la forma en que ese aire cambiaba: se volvía más denso, más consciente de sí mismo, como si la presencia de Franco recordara a todas las cosas del mundo que podían ser observadas.
Llevaba cinco noches en la villa. Cinco noches de hija perfecta, de sueño administrado, de