La semana que Adriana había comprado en el despacho del notario tenía el tamaño exacto de un pulmón.
No era descanso, aunque Beatrice quisiera llamarlo así. Era oxígeno operativo: la diferencia entre respirar porque otros te dejan y pensar mientras respiras sin que nadie advierta cuánto estás calculando. Adriana usó esos días con la disciplina de alguien que ya había entendido que la villa no era una casa, sino un campo de operaciones con camelias blancas, vajilla de porcelana y cámaras escondid