La biblioteca de Tomás olía a cuero, cera vegetal y decisión.
No era un olor casual. Nada en la villa lo era. Beatrice lo administraba todo con una precisión casi religiosa: cada semana alguien pasaba un paño sobre los lomos encuadernados, encendía una vela discreta en el anaquel del fondo y ajustaba la temperatura a diecinueve grados, como si incluso el aire debiera obedecer una idea de permanencia. El resultado era una habitación que parecía creer en sí misma, en su linaje, en sus vitrinas cer