El notario llegó tarde.
Cuarenta minutos tarde, que en la gramática de hombres como Édouard Fortier no era un retraso sino un síntoma: algo, entre su despacho y la villa, había requerido una corrección de último minuto. Beatrice lo recibió con la serenidad impecable de quien ya ha reorganizado una contrariedad menor y no piensa concederle entidad nombrándola. Precisamente por eso, Adriana entendió que la contrariedad importaba.
Bajó cuando se lo pidieron.
El salón de la primera planta estaba dis