Lucía Morel llegó con una credencial de prensa de una ONG de patrimonio cultural cuyo membrete era real y cuya junta incluía dos nombres que Tomás de la Vega no podía rechazar sin parecer mezquino.
Lorenzo había hecho tres llamadas para conseguirlo.
No era romanticismo. Era otra cosa: el gesto preciso de alguien que llevaba años construyendo legitimidad en los circuitos correctos y sabía que el verdadero valor de una reputación no estaba en exhibirla, sino en prestarla sin ruido cuando la ocasi