El piso que Damián había conseguido quedaba a tres calles del perímetro inferior de la villa.
En Mónaco, tres calles eran la distancia entre respirar y quedarse sin aire.
El edificio no tenía vista al Jardin Exotique. Tenía vista a un muro de contención y, por encima del muro, al borde de una terraza ajena con jardinería demasiado cuidada para no pertenecer a alguien rico. No era la villa, pero compartía su altura. Franco había aprendido a leer Mónaco en vertical desde los dieciséis: la ciudad