La llave no parecía de banco.
Eso fue lo primero que dijo Adriana cuando Franco la dejó sobre la mesa metálica del almacén ciego de Fontvieille viejo, junto al vendaje todavía limpio de su antebrazo y a la mochila rígida que Damián había rescatado del coche antes de que el vidrio terminara de caer en lluvia sucia.
Afuera empezaba a aclarar. No amanecer limpio todavía, sino la hora ingrata en que el puerto deja de parecer clandestino y todavía no se entrega del todo a la rutina. Franco no había d