La imagen que vibró en el teléfono de Franco a las seis y cincuenta y dos no era una filtración nueva, sino una copia del mismo paquete que ya estaba moviéndose por otra vía. Eso, para él, era peor. Significaba distribución, no accidente.
La foto había dejado de ser una grieta aislada. Ya era circulación.
Franco dejó la taza a medio camino entre la mano y la mesa. Adriana lo supo antes de verle la cara por el sonido leve de la porcelana tocando madera demasiado pronto.
—¿Qué pasó? —preguntó ella