Lucía Morel no creyó en la nota a la primera lectura.
No porque desconfiara de su intuición —vivía de ella con mejor disciplina que la mayoría de los hombres que la subestimaban—, sino porque Mónaco producía demasiadas mentiras elegantes por día como para reaccionar a todas. Crisis privada. Descanso necesario. Salud emocional después del anuncio de un compromiso. Nada de eso era raro en el Principado. Lo raro era la manera en que la mentira había sido construida.
La leyó dos veces desde la mesa