La diferencia entre una promesa y un pacto estaba en el costo.
Adriana lo comprendió al amanecer, cuando encontró a Franco en el archivo del subsuelo con la mesa despejada por primera vez desde que había llegado al pabellón. No había carpetas abiertas, ni planos, ni el medallón, ni la grabadora negra con la voz de Mara todavía vibrando en la memoria. Solo una hoja blanca, una pluma y dos vasos de agua que nadie había tocado.
La escena era tan limpia que resultaba más intimidante que el caos.
—¿V