El fallo llegó en papel.
No en pantalla, no en notificación digital, no en el formato habitual de los documentos que Adriana había aprendido a leer en semanas de operación. Llegó en papel, con membrete, con sello y con la tipografía específica de los organismos que todavía creían que la gravedad de algo se transmitía mejor en tinta física sobre hoja blanca.
Damián lo dejó sobre la mesa de la sala principal y se retiró sin decir nada.
Franco lo tomó primero.
No porque Adriana no pudiera hacerlo.