Beatrice llegó sola.
Sin chófer en la puerta, sin asistente en el corredor, sin el aparato habitual con que se movía cuando quería que su presencia fuera leída como poder. Solo ella, con un abrigo beige de corte exacto y el paso de alguien que conoce la diferencia entre llegar con fuerza y llegar con precisión.
Adriana la hizo esperar diez minutos.
No por descortesía. Porque esos diez minutos también eran información.
Cuando entró, Beatrice estaba sentada con la espalda recta y las manos sobre e