Lo que Bianca le había dicho en Fontvieille no era todo.
Adriana lo entendió mientras volvía a escuchar la tarjeta de memoria en el teléfono del cuarto de trabajo, con la puerta cerrada y el volumen bajo, repasando los tres minutos y cuarenta segundos de grabación que llevaba oyendo desde la noche anterior. La voz de Beatrice era inconfundible: esa cadencia suave, siempre un tono por debajo de lo que se podía acusar, diseñada para sonar a razonabilidad incluso cuando construía una trampa. La de