Adriana respondió sin apartar la vista de Renard.
—Sí —dijo.
Lo dijo con calma. Sin envoltura defensiva ni contexto previo. Solo el hecho, limpio, sin que nadie pudiera convertirlo en disculpa ni en síntoma.
La palabra quedó en la sala con un peso que no era romántico. Era casi áspero. Adriana oyó su propio sí como algo ajeno durante un segundo, no porque no lo reconociera, sino porque nunca había tenido que pronunciarlo frente a una mujer que deseaba convertirlo en diagnóstico y frente a un ho