Elisa me condujo por otro pasillo largo y opulento. Me dolían los pies. Un dolor sordo y persistente me punzaba la espalda baja. Sentía el estómago oprimido, y me apoyaba con una mano debajo para sostenerlo. No hablé. No podía. Tenía los nervios a flor de piel por la confrontación en la cocina, y la adrenalina se desvanecía, dejándome temblorosa y exhausta.
Nos detuvimos frente a una gran puerta con manijas de oro pulido. Elisa la abrió.
La nueva habitación era enorme. El aire era cálido y tran