Punto de vista de Aria
Empujé una puerta batiente y me encontré en una cocina grande y cálida.
Una mujer bajita, mayor, con el pelo gris recogido en un moño desaliñado, se giró desde la estufa. Su delantal estaba manchado de salsa de tomate y sus manos, enharinadas. Me miró con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
«¡Madre mía!», exclamó, limpiándose las manos en el delantal. «¡Debes de ser la nueva mujer del Don!»
«No», dije de inmediato, negando con la cabeza, aún intentando recuperar el aliento. «No lo soy».
Aun así, se acercó, y su rostro se iluminó con una cálida sonrisa arrugada. «Mírate. Qué guapa. Y tu barriga… ¡bellísima! El bebé será fuerte, lo presiento». Su sonrisa se desvaneció al observarme con más detenimiento. «Pareces cansada, pequeñita. Pareces hambrienta. Ven, siéntate, siéntate».
Empujó una silla de madera hacia mí desde la mesa de la cocina. Me temblaban tanto las piernas que no pude negarme. Me dejé llevar por la tentación.
Se apresuró a ir a la estufa y sirvió