Cuarenta y ocho

### Punto de vista de Valente

La oficina estaba en silencio, salvo por el sonido suave y rítmico de la respiración de mi hijo.

Él yacía en una simple cuna de madera que había colocado junto a mi escritorio. Las sábanas eran blancas. Sin juguetes. Sin mantas de colores. Sin móvil colgando encima. Solo él.

Me quedé allí de pie, con las manos en los bolsillos, mirándolo fijamente.

Estaba despierto.

Tenía los ojos abiertos, oscuros y muy grandes, sin parpadear. No lloraba. Apenas se movía. Solo me miraba, con la mirada fija en mi rostro.

Me inquietaba.

Cada vez que alguien más se acercaba a él, lloraba. Llantos fuertes, agudos, furiosos que resonaban. La enfermera había intentado alimentarlo antes. Uno de los guardias más jóvenes, curioso, se había inclinado para mirarlo. Incluso Elisa, cuando lo vio por primera vez, había extendido la mano para tocar su manita.

Cada vez había llorado. Un sonido crudo y angustiado.

Pero cuando yo me acercaba, se quedaba en silencio.

Me observaba.

Algunas
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