Ciento cincuenta y seis

Aria

No dejé de correr porque estuviera cansada. Me detuve porque la respiración de Leo cambió. Fue lo único que pudo sacarme del ritmo ciega y mecánico de la huida.

Su pequeño pecho se agitaba contra el mío. Sus respiraciones se volvieron superficiales y rápidas, cada una un jadeo diminuto e irregular. Sus dedos, aferrados a la parte delantera de mi camisa rota, se cerraron como pequeñas garras. No lloraba fuerte; temblaba en silencio, una señal de un miedo tan profundo que le había robado la
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