Aurora camina por el pasillo con una bandeja entre las manos para llevar alimentos a Anita. Desde la muerte de Rixio parece un alma en pena, un espectro que camina de un lado a otro arrastrando los pies envuelta en una caperuza de color negro. Cabizbaja y triste, el pan aún humea, el jugo vibra con cada paso. Lleva tres días repitiendo la misma rutina: dejar la comida en la mesita de luz, hablarle a Ana con suavidad, recibir un gesto mínimo como respuesta y marcharse en silencio. La mujer no ha