El zumbido constante de los motores del jet privado es el único sonido que se escucha la cabina principal. Afuera, las nubes se extienden como un océano de algodón bajo la luz de la luna, dejando a Rusia como un mal recuerdo que se desvanece a miles de kilómetros por hora. Emily está recostada en la enorme cama cubierta con sabanas de seda, la mirada perdida en la ventanilla sin observar el paisaje, sino el reflejo de sus propios miedos.
La puerta corredera se desliza suavemente. Nicolay entra,