El silencio del búnker solo es interrumpido por el pitido rítmico de los monitores médicos. Nicolay rompe la distancia en dos zancadas y envuelve a Emily en un abrazo que huele a pólvora, lluvia y ese perfume cítrico que él tanto ha extrañado. Emily se aferra a su cuello, hundiendo el rostro en su pecho, y rompe a llorar. Son lágrimas de un terror que ha contenido durante meses, el miedo visceral de que la daga de Oksana hubiera terminado con el milagro que crece en su vientre.
—Ya estoy aquí,