En la mansión Minsky, el aire todavía huele a ozono y productos de limpieza industriales que intentan borrar el rastro del ataque. Vladimir camina de un lado a otro en el despacho que alguna vez perteneció a Boris, su padre. Sus manos tiemblan levemente mientras observa los mapas de las rutas comerciales extendidos sobre la mesa de caoba. La responsabilidad que Nicolay le ha arrojado sobre los hombros se siente como una piedra de cemento.
—No es tan complicado, Vlad —dice Ignasi, recostado en e