El monitor cardíaco, que hasta hace un momento emitía un pulso rítmico y monótono, estalla en una cacofonía de pitidos erráticos. Las pupilas de Nicolay Romanov se dilatan bajo los párpados cerrados, y de repente, la oscuridad del limbo en el que se encontraba se resquebraja ante una sola palabra que resuena en su mente como un trueno: sacrificio.
Nicolay abre los ojos. No hay confusión en ellos, solo una claridad aterradora teñida de sangre. Su primera reacción es puramente animal. Con un rugi