El trayecto de vuelta al Penthouse se sintió como un viaje a través de un vacío asfixiante. Valentina permanecía en el asiento del copiloto, inmóvil, con los dedos temblorosos aferrando la ecografía como si fuera el único ancla que la unía a la realidad. Sus ojos estaban clavados en esa pequeña imagen en blanco y negro: sus mellizos. Dos vidas que crecían saludables a pesar del caos que amenazaba con devorarla.
Apretó el papel contra su pecho. La culpa por Edward, que antes era una carga pesada