El silencio que siguió a la súplica de Declan fue cortante. Él seguía allí, con las rodillas apoyadas en la madera, sosteniendo las manos de Valentina como si fueran su único ancla en medio de una tempestad. Ella lo miraba desde arriba, con el rostro bañado en lágrimas, debatiéndose entre el deseo de creerle y el miedo cerval a ser destruida de nuevo.
Pero entonces, el mundo exterior decidió reclamar su espacio. El teléfono de Declan, que descansaba en el suelo, comenzó a vibrar con una insiste