Verónica Fairchild sostenía una copa de cristal tallado, observando cómo el líquido transparente se mecía con el temblor de su propia rabia. Edward, de pie junto al ventanal, rodó los ojos con un fastidio evidente.
—¿Vas a seguir bebiendo por lo de Arthur, o piensas decirme algo útil? —preguntó él, ajustándose los gemelos de oro—. ¿Ya perdonaste a tu "pobre" padre por ocultarte que tu hermana es una intrusa?
—No lo he perdonado, ni lo haré —espetó Verónica, dejando la copa sobre la mesa con un