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Verónica, despojada de su máscara de porcelana, cayó de rodillas sobre el césped, con el encaje de su vestido de miles de dólares arrastrándose por la tierra. Sus manos temblaban mientras buscaba desesperadamente la mirada de Edward, quien permanecía de pie, rígido como una estatua.

—¡Es mentira! —chilló Verónica, con la voz rota por la desesperación—. Edward, por favor, mírame. Yo misma te entregué las pruebas de su infidelidad... ¡Ella solo está despechada! Es capaz de inventar cualquier cosa
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