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Un par de días después, la atmósfera de duelo fue interrumpida por la llegada de Eleanor.

Su madre entró con la eficiencia de un general en campaña. No traía sopa ni consuelo maternal; traía una gruesa carpeta de cuero negro bajo el brazo. Se sentó frente a Declan en la sala principal y, sin preámbulos, la abrió sobre la mesa de centro.

—Hijo, sé que han sido días difíciles, pero el mundo no se detiene —dijo Eleanor, pasando las páginas con rapidez—. He hecho una selección preliminar. Aquí hay
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