Mundo ficciónIniciar sesiónValentina, atormentada por la culpa, seguía sin poder dormir bien. Ocho semanas después, la situación no había cambiado. Sentía que cada parte de su cuerpo pesaba. Le costó levantarse esa mañana, pero era el día de su boda. No podía permitir que la negatividad la consumiera.
Se miró al espejo; sus ojos, habitualmente llenos de vida, estaban hundidos y rodeados de ojeras. Sin embargo, la maquilladora la tranquilizó, asegurándole que podía solucionarlo. Cuando su ayudante le colocó el delicado velo, Valentina sintió un nudo en el estómago. No era el nerviosismo del matrimonio, sino la profunda, inevitable culpa que se negaba a desaparecer. —Estás hermosa —comentó una voz grave a sus espaldas. Se volteó. Era su padre, Arthur, impecable y llevando aquel elegante traje a medida. —Papá, estás aquí —mencionó ella. Arthur la miró de pies a cabeza con amor sincero. —Realmente eres una princesa. ¿Estás nerviosa, hija? —Un poco, padre —admitió. De repente, una mujer asomó la cabeza y avisó que debían irse. La ceremonia estaba por comenzar. Valentina tomó una bocanada de aire temblorosa y se colgó del brazo de su padre. Todavía estaban a casi media hora del lugar. Mientras tanto, Declan hizo una mueca. No le gustaban las bodas, y menos las pomposas. Sin embargo, un socio que no había podido asistir le había insistido en ocupar su lugar, y él, a regañadientes, terminó haciéndole el favor a su socio. Se miró en el espejo de cuerpo completo por última vez, asegurándose de que realmente estaba bien. Al llegar al sitio del evento, el hombre se mezcló entre los invitados, sintiéndose un absoluto extraño. Se sentó casi en la penúltima fila, lejos del centro de atención. No pasó mucho tiempo antes de que la música de fondo cambiara anunciando la entrada de la novia y el hombre observó cómo todos los invitados se ponían de pie. Entró una mujer hermosísima del brazo de su padre. Brillaba como un diamante. Aun debajo del velo, Declan podía percibir la desesperación en sus ojos, o al menos, una tensión forzada en cada paso. Podría ser nerviosismo o presión, no podía dilucidarlo. Desde su posición, solo veía el perfil de su velo y la figura. Aun así, le era extrañamente atractiva y familiar, aunque el cabello recogido le daba un aspecto un poco distinto al que recordaba. En el altar, Valentina miró a su prometido, Edward. Su corazón se encogió. El hombre parecía venerarla de la misma manera, pero lo que ella no sabía era que estaba a punto de darle un golpe delante de todos. El acto finalmente había comenzado y Verónica, entre los presentes al lado de su padre, estaba preparada para disfrutar del espectáculo que se venía. Llegó el momento crucial. Los votos de amor que se dieron conmovieron a los presentes, a excepción de Edward. —Valentina Kinsley, ¿acepta como esposo a Edward Sutton? —quiso saber el oficial. Valentina tragó saliva con dificultad. —Acepto. Sí, acepto —avaló. Luego, llegó el turno del oficial de preguntarle al hombre. —Edward Sutton, ¿acepta como su legítima esposa a Valentina Kinsley? Y hubo un silencio demasiado extendido que hizo que los presentes comenzaran a murmurar, convirtiendo a Valentina en un manojo de nerviosismo descomunal. Buscó la mirada de su prometido; sin embargo, en ese momento solo consiguió encontrarse con una mirada que estaba inyectada de algo diferente: enojo y resentimiento. Edward se inclinó hacia ella y susurró con rabia. —Este es el momento en el que te darás cuenta de que meterte conmigo ha sido uno de tus grandes errores, Valentina. Vivirás con esta humillación para siempre. Se separó, dirigió la mirada al oficial y respondió finalmente: —No. No lo hago. No acepto como esposa a Valentina. La sala se llenó de voces, de conversaciones de incredulidad y de sorpresa. Los padres de Edward se miraron sin poder creer la negativa de su hijo; y por su lado, el padre de Valentina estaba impactado, mientras que Verónica a su lado solo sonreía como orgullosa de lo que estaba pasando. El oficial se sintió fuera de lugar y volvió a cuestionar, pensando que quizás era alguna broma de mal gusto: —Señor Edward, le estoy preguntando si acepta como esposa a Valentina —insistió. —¿No ha escuchado mi respuesta? No me puedo casar con esta mujer —declaró Edward, con la voz alta para que todos pudieran escuchar—. ¡Ella me es infiel! ¡Me ha traicionado a pocos días de este evento! El corazón de Valentina se quedó en blanco. Sus labios se volvieron pálidos y temblaba de los pies a la cabeza. Miró a la gente, que hablaba sin parar incrédulos, y cuando buscó los ojos de su padre, solo encontró decepción en él. De repente, de su cuarto sacó su teléfono y proyectó la imagen que Verónica le había dado en una de las pantallas de aquel lugar. La imagen en alta definición de Valentina en la cama con un torso masculino desconocido en un lujoso salón. —Aquí está la prueba de la traición de esta mujer. Una desvergonzada para la familia. No puedo casarme con alguien así —proclamó Edward, arrogante y frío. Valentina observó la imagen irrefutable que sabía que no había sido manipulada, pero que al mismo tiempo la hacía sentirse consumida por la culpa. ¿Cómo podría defenderse? ¿Cómo explicar un acto que ella misma apenas recordaba? La vergüenza estaba llenando su rostro enrojecido y el dolor estaba presionando su pecho; era agudo. Las lágrimas empezaron a correr sobre su cara, arruinando el maquillaje perfecto. Su mente cortó todos los lazos con la realidad y solo importaba una cosa: escapar. Así que, sin siquiera molestarse en rogar o en admitir lo que Edward estaba exponiendo, eligió el camino de la cobardía. Sin decir una sola palabra, sin mirar a nadie, se levantó la cola del vestido y salió corriendo de allí a toda prisa, a la par de los invitados atónitos. Corría sin rumbo con el pánico aferrado a ella. Afuera el clima estaba húmedo, había estado lloviendo así que las aceras y las calles estaban mojadas. Declan, que observó toda la escena, se había reconocido a sí mismo en aquella fotografía que se expuso. Un vuelco violento le sacudió el pecho. No podía creer la coincidencia tan enorme de que la mujer con la que había pasado la noche, aquella que lo había dejado intrigado y molesto por su repentina desaparición, fuera la misma que estaba allí, a punto de casarse. "Así que la mujer de aquella noche era ella", pensó Declan, mientras un sentimiento de posesividad oscura lo invadía. Le enfureció verla expuesta de esa manera, pero más le irritó que ella hubiera estado a punto de pertenecer a otro hombre después de lo que había pasado. Observó cómo la mujer huía a toda prisa y decidió salir también de allí. Abandonó el lugar a empujones porque todo estaba hecho un alboroto tras abrirse paso entre la multitud; salió al exterior. Eso solo pudo observarla a ella a la distancia; ya iba demasiado lejos. Declan subió a su auto y condujo lentamente por las calles cercanas al salón de eventos. El hombre estaba buscándola por doquier. Unas cuadras más adelante la observó. Era ella, que se había detenido de repente en un callejón intentando quitarse el velo y el vestido; lo consiguió. Parecía angustiada y agotada por correr tanto. Declan detuvo el auto y observó a la mujer que estaba allí, quien parecía estar sufriendo por mantener el equilibrio, por mantenerse en pie. Su cuerpo visiblemente temblaba y no era por el frío sino por la desesperación. —Oye, ¿estás bien? —alcanzó a preguntar el hombre. Pero la mujer, ante el sonido de la voz, no reparó; estaba demasiado débil. De repente se había desplomado y había colapsado inconsciente. El pánico se apoderó del hombre, que terminó de llegar a ella confirmando de cerca los rasgos de la mujer que no podía olvidar. —¡Valentina! —pronunció su nombre tras haberlo escuchado en el evento—. ¡Responde! De repente, el hombre había bajado la mirada y notó algo alarmante; había demasiada sangre recorriendo las largas piernas de la mujer. El corazón de Declan dio un vuelco. No era solo un desmayo. Algo estaba terriblemente mal.






