Valentina despertó con un dolor de cabeza atroz; un martillo constante golpeaba en su cráneo. Las náuseas no desaparecían, sino que se intensificaban. Intentó reconstruir la noche anterior, pero el pánico la paralizó.
Estaba desnuda, en una cama que no era la suya, en una habitación de hotel desconocida. A su lado, un hombre dormía profundamente. Su brazo estaba extendido. Incluso en reposo, su perfil era impactante; tenía la mandíbula fuerte, cabello oscuro ligeramente revuelto. Un hombre atractivo, un perfecto desconocido.
El terror la invadió. De repente, el recuerdo la golpeó; aquellos labios desconocidos sobre los suyos, los besos, la pasión desenfrenada. Se cuestionó, aterrada, llena de pánico.
"¿Qué fue lo que hice? ¿Quién se supone que es él?" En medio de todo el desastre mental, supo que no podía quedarse ni un segundo más.
Ella, que nunca había estado con nadie. Que, creyó que viviría su primera vez con Edward, se daba cuenta de que había arruinado todo. Se sentía sucia.
Tenía que huir, ¡y de inmediato! Salió de la cama sigilosamente, buscó su vestido y sus zapatos, sintiéndose avergonzada y llena de culpa. Abandonó la habitación sintiendo que su dignidad estaba por el suelo. No miró atrás; salió despavorida.
La verdad se le grabó a fuego en la cabeza; había traicionado a su prometido. Había estado con otro hombre.
Una vez afuera, sacó su teléfono con manos temblorosas y supo que debía comunicarse con Verónica, la última persona con la que recordaba haber estado. ¿Qué había pasado exactamente? Aún había partes de la noche que no recordaba. Verónica contestó la llamada.
—Valentina, ahora sí te has relajado lo suficiente, ¿eh?
Valentina se quedó pensativa.
—¿A qué te refieres con eso? No lo entiendo. ¿Y por qué amanecí en un hotel? —cuestionó, su voz apenas un hilo nervioso. Verónica se las arregló rápidamente para soltar una mentira.
—Anoche parecías bastante contenta con la situación. Fue una especie de despedida de soltera, un regalo de mi parte antes de que te cases.
Valentina dejó caer el teléfono sobre su regazo mientras iba en la parte trasera del taxi. No podía creerlo. Verónica la había impulsado, la había empujado a pasar la noche con alguien más Estaba enloqueciendo.
"¿Cómo pude ser tan tonta?"
Desesperada, le escribió un mensaje a Verónica.
«Lo que pasó anoche no puede saberlo mi prometido ¿Te has vuelto loca? ¿Cómo pudiste hacerme algo como eso?».
La respuesta fue inmediata y fría.
Verónic: Es un regalo, y por supuesto, un secreto. Espero que la hayas pasado bien.
Valentina cargó con la culpa, una verdad que no podía confesar a nadie.
***
Minutos después, Declan se levantó. Palpó la otra parte de la cama y encontró solo sábanas frías. La ausencia de la mujer que había conocido fugazmente.
Se levantó de golpe, la habitación era un completo desastre. Se preguntó por qué se había ido tan rápido, pero sacudió la cabeza.
No tenía que importarle la ausencia de una desconocida.
Ya en el baño, se miró al espejo, preguntándose por qué no podía dejar de pensar en esa desconocida, en su cabello corto, sus ojos, la intensidad del momento.
Él no estaba acostumbrado a que las mujeres huyeran así. Sentía una curiosidad inmensa.
Llamó a su amigo.
—Dorian, quisiera saber un poco más sobre la mujer que enviaste.
Dorian se quedó pensativo.
—No sé a qué te refieres exactamente, Declan. Ciertamente envié a Paulina para que te ayudara un poco con el estrés y todo eso, como un regalito. Pero la mujer canceló poco después. Se me olvidó avisarte.
Declan se quedó completamente perplejo. Si la mujer que su amigo le había enviado no se había presentado... ¿Con quién diablos había pasado la noche?
Se dejó caer en la cama, aturdido.
***
Esa noche, Verónica llamó a Edward para una reunión secreta en un lugar discreto. Edward parecía ocupado, estresado. Miraba su reloj constantemente.
—Ahora que estamos reunidos aquí, quiero que vayas al grano. ¿Cuál es la razón por la que querías verme? —le exigió. Verónica sonrió, una sonrisa maliciosa que prometía demasiado. —He cumplido lo que te prometí. Te traería pruebas de que mi hermana te está siendo infiel. Y por eso estoy aquí, para dártelas.
Edward tomó el teléfono con las manos temblorosas y miró las fotografías. La sangre se le subió a la cabeza. La furia superó cualquier otra emoción. Su prometida, en quien había confiado, lo había humillado. La estaba viendo allí, en esa cama, con otro hombre. No podía ver el rostro del sujeto, lo que solo aumentaba su rabia. Miró a Verónica.
—¿Quién es él? —exigió saber. Verónica se encogió de hombros, con la mentira lista. —En realidad, no lo sé. Pero he estado vigilando de cerca a mi hermana, la seguí hasta ese lugar... Y ella... descubrí esto. Lo importante aquí es que ella te traicionó, Edward. Es una mentirosa.
Verónica, había decidido ocultar el vídeo y mostrárselo luego, como un golpe final.
—¿Desde cuándo sabes esto?
—En realidad, hace unas semanas me enteré, pero solo ahora es que obtuve las pruebas para que tú no siguieras siendo engañado.
Edward resopló sonoramente, le devolvió el teléfono a Verónica, y su rostro se endureció.
—La boda sigue en pie —decretó con rudeza. Verónica se quedó sorprendida. —Voy a actuar como si nada —continuó Edward, con la voz baja y peligrosa—. Y cuando sea el momento, haré que pague delante de todos. La humillaré así como ella me ha humillado a mí.
Verónica sintió un alivio final.
Sabía que Edward se iba a vengar y no la perdonaría.
—Me parece que es lo correcto, Edward. Las cosas no pueden quedarse así.
Edward esbozó una sonrisa sin alegría.
—Me pregunto cómo es que tú, siendo su hermana, de pronto ni siquiera te preocupas por salvarla, o por qué estás de mi lado en lugar del suyo.
Verónica se encogió de hombros, llena de indiferencia.
—El hecho de que sea mi hermana no significa que la adore y que deba cargar con sus secretos sucios, con sus mentiras. Ella debe pagar por lo que te hizo.
—Y pagará. Esa perra pagará —sentenció Edward, con el odio dibujado en sus ojos —. ¿Cómo pudo atreverse a engañarme?
Siseó, molesto.