Mundo ficciónIniciar sesiónDeclan cargó a la mujer inconsciente en sus brazos, sintiendo la humedad de la sangre y el peso muerto de su cuerpo contra su pecho. El miedo, una emoción que rara vez se permitía sentir, lo impulsaba. La prioridad absoluta era el hospital. En lugar de esperar una ambulancia que atraería a la prensa como moscas a la miel, la subió a la parte trasera de su auto y condujo con una velocidad temeraria hasta el centro médico más cercano.
Se aferraba al volante con tanta fuerza que sus nudillos blanqueaban, sintiendo una responsabilidad inesperada y posesiva por aquella desconocida que, apenas una semana atrás, lo había dejado intrigado. En la sala de emergencias, se identificó solo como un "conocido" y se negó a dar su nombre completo; su estatus no le permitía dejar rastro en un hospital público. Los médicos determinaron que Valentina había colapsado debido a un choque emocional severo. Tras una espera que a Declan se le hizo eterna, el doctor salió. —¿Estará bien, doctor? ¿Estará estable? —soltó Declan, interceptándolo. —Así es, no se preocupe. La paciente ha despertado, pero debemos mantenerla en observación —respondió el médico antes de retirarse. Dentro de la habitación, el aire olía a antiséptico y a tragedia. Valentina abrió los ojos, sintiendo un martilleo incesante en las sienes. El médico se acercó a su cama con una expresión profesional. —Señorita Valentina, se encuentra fuera de peligro tras el shock —explicó el doctor—. Sin embargo... descubrimos algo más durante los análisis de rutina. Valentina lo miró, el pulso acelerándose. —¿Qué es lo que me quiere decir, doctor? El hombre se inclinó ligeramente, bajando la voz por discreción. —Usted se encuentra embarazada. Tiene ocho semanas de embarazo. El mundo de Valentina se detuvo. La palabra retumbó en sus oídos como una explosión, llevándola de inmediato a la negación absoluta. —No... no es posible —susurró, mientras las lágrimas brotaban—. No puede ser... Ella, que se había mantenido virgen para Edward, que creía en la rectitud, sabía la verdad devastadora: el bebé era de aquel desconocido. El desastre de su boda ahora era solo la superficie de una pesadilla mucho más profunda. Sus ojos se desviaron hacia la puerta y vio una figura masculina parada en el umbral. Declan estaba allí, imponente, llenando la habitación con su sola presencia. El doctor, captando la tensión, se despidió con discreción. —Debería tomar precauciones ahora que lo sabe. Los dejaré a solas. En cuanto el médico salió, Valentina se encogió en la cama, cubriéndose con las sábanas. Al ver a Declan acercarse, el pánico la invadió. Era él. El hombre que, sin saberlo, le había arrebatado su futuro y le había dado un hijo que no sabía cómo proteger. Sus ojos grises se clavaron en los azules profundos de él; eran de un color precioso que la cautivó por un segundo, antes de oprimirla con su intensidad. —¿Quién es usted? —negó conocerlo tontamente. —¿Bromeas? —se llevó una mano a la cabeza —. ¿Realmente necesito explicarte las cosas? Ella tembló. —Yo... La presencia de ese hombre la quemaba. —Estuve en el salón cuando se proyectaron las imágenes —soltó Declan, su voz era tan profunda que le erizó la piel —. Te vi huir. No quise dejarte ir, y cuando colapsaste, decidí traerte aquí. Valentina se cubrió el rostro con las manos, temblando. Le faltaba el aliento. ¡Se sentía avergonzada! —Yo... en realidad nunca quise pasar la noche contigo. Todo esto es un malentendido horrible, de verdad... —susurró mirándolo con dificultad. Declan soltó una risa seca, burlona, y se metió una mano en el bolsillo, adoptando una postura de control absoluto. —Así que sí lo recuerdas, eh... ¿Por qué te preocupas en excusarte? Ya tu matrimonio se arruinó y tu reputación está en el fango. Somos adultos, Valentina. Aceptemos los errores. Pero no te equivoques —se acercó peligrosamente, invadiendo su espacio—, no hago esto por caridad. Levantó la barbilla de Valentina con firmeza, obligándola a sostenerle la mirada. —¿Qué hace? —balbuceó ella —. ¿A qué se refiere? —Mi nombre está a un paso de ser arrastrado al fango junto al tuyo si se publica material en el que sí se vea mi cara. No voy a permitir que mi imagen pública se vea amenazada —sentenció Declan, intensificando la presión del pulgar en su mentón—. Me debes la verdad de esa noche. Toda. ¿Quién te drogó? Valentina apretó los labios, sintiendo que iba a desfallecer. Su mano, de forma instintiva, bajó hacia su abdomen, protegiéndolo en un gesto que Declan captó de inmediato. —¿Te vas a quedar callada? —rugió él—. No eres buena actriz. Estás pálida y aterrada, dime... ¿qué más te está pasando? Valentina tembló, aferrándose a la tela. —No es nada... y me iré a casa, por favor sal de aquí y olvida lo que pasó —suplicó con voz rota. Declan entrecerró los ojos, evaluando su lenguaje corporal. Sabía que ella ocultaba algo más bajo esas sábanas, pero decidió jugar su carta principal. —¿Olvidar? Lo que pasó no es una tontería. ¡¿No lo entiendes?! Y, ¿estás segura de que tienes a donde ir? Si sales de aquí, la prensa te devorará viva y tu familia te dará la espalda después de todo ese espectáculo. Sin embargo, puedo hacer algo por ti. Ella lo miró, atenta, pero llena de sentimientos encontrados. Duda, miedo, enojo... pero reinaba el temor. —¿Qué insinúa? —emitió bajito. —Cásate conmigo. Así no serás una mujer infiel, sino la mujer que yo elegí. Diremos que tenemos un romance secreto de meses y que tu prometido fue el tercero en discordia. El escándalo se convierte en una historia de amor prohibido y mi imagen queda limpia. Se inclinó más, su rostro a milímetros del de ella, abrumándola con su perfume y su autoridad. —¿Por qué? —su voz se quebró y lo miró con rabia —. ¿Quién es usted para decirme que hacer? —Tú obtienes protección y yo obtengo el silencio de la prensa. Es un negocio, Valentina, y tú vas a firmar ese contrato —aseguró, ya no parecía que estaba dándole opciones, sino dictando lo aue debía hacer —. Después de todo te has metido en mi habitación y te revolcaste conmigo. Ahora, ¿sigues pensando que esto es una tontería que debe olvidarse y que no hay consecuencias? Valentina tembló, apretándose el labio inferior hasta dejarlo blanco. Sus ojos grises se llenaron de más lágrimas. Intentó responder, pero no salía ni un sonido. El hombre observó su lenguaje corporal; la forma en que su cuerpo se encogía, cómo sus ojos evitaban su mirada. Y, ella se sintió presionada a dar el "sí".






