La noche de chicas por fin llegó. Verónica le informó a Valentina que la celebración sería en un club nocturno tan exclusivo, que no tenían que preocuparse ni siquiera por los medios.
—Verónica, no me digas que te has gastado una fortuna para algo como esto —se preocupó Valentina, impresionada al mismo tiempo.
Verónica se encogió de hombros, con esa arrogancia que le sentaba tan bien.
—No te preocupes por eso. ¿Quién se preocupa cuando el dinero es lo que nos sobra? Tú solo preocúpate por pasarla bien.
—Me gusta que la pasemos de esta manera, que estemos así de cercanas —confesó con una sonrisa sincera. No tenía ni idea de las intenciones de la mujer.
—Pues supongo que es lo menos que puedo hacer, y más cuando te vas a casar y te irás de casa. La verdad es que lo he pensado mucho, y eres mi hermana. ¿Cómo no podría tener al menos este acercamiento contigo? —Verónica pronunció esa palabra, "hermana", y sintió que le costaba la vida.
—¿Puedo darte un abrazo?
Verónica aceptó. Sonrió falsamente mientras recibía el abrazo, sintiéndose asqueada por dentro.
Finalmente se pusieron en marcha. Dos jóvenes más se unieron a ellas. Las cuatro se fueron en un auto, con Valentina de copiloto mientras Verónica conducía. La noche parecía perfecta.
Llegaron al club nocturno, un gentío bebiendo, conversando, bailando. Se sentaron en unos sofás cómodos, en una zona apartada y exclusiva. Las bebidas comenzaron a llegar.
Valentina se inclinó y le susurró a Verónica que no deseaba beber mucho.
—No voy a beber mucho. No quiero embriagarme, de verdad. Evito las bebidas fuertes porque cada que bebo puedo hacer un espectáculo ridículo.
—¿Y por qué te preocuparías por eso ahora? —replicó Verónica, con una mirada intensa—. Disfruta. Pásala bien. Olvídate de ser tan... importante.
Valentina se dejó llevar por esas palabras. ¿A quién le importaba lo que hicieran los demás? Solo quería pasar un buen momento. No bebió uno sino dos y tres, la sexta bebida llegó.
Ya no podía más. Verónica en cambio, procuró beber poco; observando a Valentina vaciar en su sistema hasta la última gota de aquel cóctel, en el que colocó la droga.
De pronto, Valentina comenzó a sentirse mareada.
—Verónica, creo que necesito volver a casa. Ya no me siento muy bien.
Verónica supo que había funcionado. Lo que había agregado a la bebida había surtido efecto a la perfección.
—No te preocupes, Valentina. Te llevaré a casa sana y salva —prometió, mientras se despedía de las otras dos chicas, que ya estaban bastante borrachas.
Verónica se retiró con Valentina. Sostenerla y ayudarla a caminar era una pesadilla. Era demasiado pesada en ese momento, pero la arrastró hasta el exterior.
En lugar de llevarla a casa, Verónica abordó un taxi y ayudó a su hermana a subir a la parte trasera. Le dio indicaciones al hombre, indicaciones que Valentina apenas pudo escuchar.
—¿A dónde vamos exactamente, Verónica? Quiero ir a casa —balbuceó, tratando de enfocar la vista sin éxito.
Verónica le acarició el hombro con un cariño falso que le quemaba.
—Vamos a ir a un sitio mucho mejor. No te preocupes. He reservado una suite de relajación para ti. Tómalo como un regalo de bodas —mintió.
Llegaron al hotel. Verónica ayudó a su hermana a caminar hasta que se detuvieron en la recepción. Intercambió una mirada cómplice con la recepcionista, a quien le había pagado una suma exquisita.
—El señor va a llegar pronto —le recordó la recepcionista.
Verónica sonrió tras entregarle un fajo de billetes y se dirigió al ascensor con su hermana. Subieron al último piso. Verónica sabía el número exacto de la habitación, que estaba a nombre de un hombre cuya identidad no le importaba; solo lo usaría.
Antes de que Valentina pudiera protestar, Verónica la empujó suavemente hacia la puerta. La cerradura era digital. Verónica había pagado para tener una tarjeta magnética extra. Abrió la puerta.
—¿Acaso me vas a dejar sola aquí? —murmuró Valentina.
—No te preocupes, realmente no me necesitas —le guiñó un ojo.
Valentina, que apenas podía ver, con todo borroso, y casi sin fuerzas, terminó tropezando dentro de la habitación. Intentó salir, pero la puerta estaba cerrada. Ya no era consciente de nada. Se rindió, exhausta, y se dejó caer en la cama.
Verónica se mantuvo afuera, procurando no ser vista. Justo en ese momento, apareció el protagonista. Un hombre que, sin saberlo, era parte de su plan. Él había estado en el bar del hotel, esperando la llamada de un socio que nunca llegó, y regresó antes a la suite.
El hombre encendió las luces, y al ver a una mujer en su cama, se quedó inmóvil. Se notaba que también había estado bebiendo, y estaba ebrio, lo que le nublaba el juicio.
Antes de que pudiera formular una pregunta o llamar a seguridad, recibió un mensaje de su amigo.
Dorian: Espero que te guste el regalo. Pásala muy bien. Trabajas demasiado, necesitas relajarte.
El hombre, con el alcohol corriendo por sus venas, asoció rápidamente el mensaje. Su amigo había sido el causante de que esa hermosa mujer estuviera allí. Era el "regalo" que ahora tenía derecho a desenvolver.
—Pero mira nada más... Esta obra de arte —agregó, acercándose a la cama.
Valentina comenzó a moverse, se sentó, y trató de enfocar la vista, fallando otra vez.
—¿Quién es usted?
El hombre se dio cuenta de que la mujer estaba, de alguna manera, bajo el efecto de algo. El alcohol lo hizo imprudente.
—Eres mi regalo, realmente una gran sorpresa. Necesitaba tanto esto —murmuró, mientras comenzaba a tocarla.
Valentina, en ese momento, no se reprimió. Lejos de sentir temor, actuó fuera de control, como si lo necesitara, incapaz de detenerse. La droga que Verónica había administrado estaba surtiendo el efecto deseado; la hacía actuar de un modo completamente ajeno a ella.
Se lanzó a los brazos del hombre, enrollando sus brazos alrededor de su cuello. Él la besó con desesperación, se aflojó la corbata, comenzó a quitarse la ropa mientras hacía lo mismo con el vestido de Valentina.
La desesperación era evidente entre ellos, y fue un regalo para Verónica, quien miraba todo a través de la grabación en vivo de la pequeña cámara que había colocado en la habitación. Estaba viendo su plan resultar a la perfección.
No conforme con la grabación, abrió la puerta con sigilo, aprovechando que estaban perdidos en el acto, y tomó varias fotografías.
—Te tengo, Valentina. Estás acabada —sentenció Verónica en voz baja.