Clarisse se hallaba sentada frente al espejo vestida cual princesa; el traje que usaba este día había sido confeccionado por la mejor modista de Londres. La tristeza nublaba su rostro; si bien no dejaba salir las lágrimas para no estropear por tercera vez el maquillaje, los sollozos silenciosos delataban su dolor.
— ¿Clarisse? —la voz de Lady AnnMarie llamó su atención—. ¡Oh, mi buen Jesús! —Se acercó un poco más al espejo y sonrió con tanto amor que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no lanz