— ¡¿Suya?! —respondió escandalizada por sus palabras una Clarisse ofendida y furiosa—. Si en algún momento pensé que era, a pesar de lo arrogante, un hombre decente, ya ese pensamiento expiró gracias a su desfachatez —señaló con manos temblorosas, a muy poco de soltar las lágrimas que quemaban sus ojos—. Es usted un… un…
— ¿Un hombre común y corriente que desea casarse con una mujer la cual es… —se aclaró la garganta para expresar su disgusto— exasperante, necia y descarada al pretender que no