Salí sin mirar atrás.
O al menos eso intenté.
Agarré el abrigo que estaba sobre la silla y me lo puse. No llevaba equipaje. No llevaba dinero. No llevaba nada que no fuera la ropa que tenía puesta y el vacío que me devoraba por dentro.
No tomé nada.
Porque nada de aquello me pertenecía realmente.
La habitación.
La mansión.
La vida que había construido allí.
Todo era de Ciro.
Y Ciro me había dejado claro que yo ya no tenía lugar en ella.
Crucé la puerta de la habitación por última vez. Bajé las