Nos quedamos en la gala porque no podíamos irnos sin más. En ese mundo, todo se medía en apariencias, y marcharse antes de tiempo era como mostrar debilidad. Así que permanecimos allí, incómodos.
Estábamos junto a una de las columnas del salón cuando él se inclinó hacia mí.
—¿Qué te dijo Ivan?
Suspiré.
—Nada concreto.
—¿Nada?
—Eso no me extraña. Ivan siempre tiene algo entre manos.
—Lo sé. Pero esta vez es distinto. Hablaba como si estuviera esperando algo. Como si ya hubiera ganado.
—Seguro qu