El vestido cayó al suelo en un susurro de tela.
Me quedé de pie frente a él, sintiendo el aire frío sobre mi piel desnuda. Ciro seguía sentado en el borde de la cama, con la camisa abierta y la respiración agitada. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo. Despacio. El afrodisíaco lo estaba consumiendo. Lo veía en el modo en que apretaba las sábanas, en el sudor que le perlaba la frente, en la tensión de su mandíbula.
Caminé hacia él. Alargó las manos y me acarició las piernas. Sus dedos