El silencio que siguió a mis palabras fue insoportable.
Ciro no dijo nada. Solo me observó.
Esperando. Exigiendo la verdad.
Y por primera vez desde aquella noche comprendí que ya no podía seguir ocultándola.
Respiré hondo.
Y el recuerdo volvió.
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“Aquella tarde yo estaba limpiando los candelabros del altar mayor.
Era una tarea aburrida. Monótona. Pero me gustaba.
El convento siempre había sido silencioso. Predecible.
Seguro.
Hasta que escuché voces.
Me escondí detrás de una pesada cortina de