No pude esperar.
El silencio detrás de aquella puerta metálica me estaba volviendo loca.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa.
Di un paso hacia adelante.
Luego otro.
Y cuando uno de los guardias intentó interponerse, lo aparté.
—Señorita Viktoria...
—Quítate.
—El señor Ciro dijo que...
—He dicho que te apartes.
El hombre dudó.
Y justo entonces la voz de Ciro llegó desde el otro lado de la puerta.
—Déjenla entrar.
El guardia obedeció inmediatamente.
La puerta