Cuando salí del baño, Ciro seguía allí.
Estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, mirando el horizonte. Las luces del mediodía empezaban a alargarse sobre los muros de la fortaleza.
Parecía tranquilo.
Pero después de todo lo que había pasado, ya sabía que aquella calma podía ser más peligrosa que cualquier estallido de ira.
Me acerqué despacio.
—Oí lo que le dijiste a Enzo —dije.
—No trataba de ocultarlo.
Me detuve a su lado.
—¿Estás seguro de hacerlo?
Esta vez sí me miró.
—N