—He descubierto al topo.
El silencio cayó entre nosotros después de que dije eso.
Ciro permaneció inmóvil durante unos segundos. Sus ojos no abandonaron los míos.
Y justo cuando parecía dispuesto a preguntar algo más, la puerta volvió a abrirse.
El médico entró.
Era el mismo de siempre, el doctor Vitali, con su maletín de cuero gastado y su expresión de hombre que ha visto demasiadas heridas de bala como para inmutarse por un corte.
—Necesito examinar la herida.
Ciro se apartó de inmediato,