El terror me paralizaba.
Sentía el peso del hombre sobre mí aplastándome contra el altar mientras el cuchillo seguía rozando mi cuerpo lentamente. Como si disfrutara cada segundo de mi miedo.
Mis lágrimas caían hacia mis sienes mientras negaba frenéticamente con la cabeza.
—Por favor… no…
Pero él solo sonrió.
Una sonrisa enferma. Retorcida. La sonrisa de alguien que disfruta el daño que hace.
Y entonces pensé en Ciro.
No en Dios, no en mi fe.
En Ciro.
Quería que apareciera. Que me sacara de ahí