Me desperté con el ruido de los coches.
No eran los coches de siempre. No era Henrik llegando de la empresa ni el proveedor de flores para la boda. Eran otros. Muchos. Con motores que ronroneaban al otro lado de las verjas. Con voces que gritaban preguntas que no entendía.
Me levanté de la cama. Caminé hacia la ventana. Pero antes de llegar, la señora Kessler entró en la habitación. Me miró con frialdad y dijo, tajante:
—No puedes salir de la habitación, no abras las ventanas, ni te asomes. Ba