Esa mañana me desperté y no sentí nada especial.
Era mi cumpleaños. Veintitrés años. Pero en esta casa, los cumpleaños no existían. Al menos no para mí. Nadie me felicitó en el desayuno, aunque probablemente nadie aquí sabe de esta fecha. Mi madre no llamó, aunque tampoco la esperaba. Mis hermanos seguro se acuerdan pero no tienen manera de comunicarse conmigo.
Me vestí como cualquier otro día. Bajé a la cocina. Marga estaba friendo huevos.
—Buenos días, señorita Laira.
—Buenos días, Marga.
Es