Desperté otra vez horas después.
Esta vez más lúcida. Más consciente. El dolor seguía allí, sordo, constante, pero ya no me nublaba la mente. Podía pensar. Podía mirar a mi alrededor y entender lo que veía.
Y lo que veía no me gustó.
Ciro ya no estaba sentado junto a mi cama. Pero su chaqueta seguía tirada sobre el sillón, arrugada, como si alguien hubiera dormido allí durante horas. La mesilla estaba llena de vasos de café vacíos y un cenicero con más colillas de las que podía contar. Olía a t