Después de dos días me dieron el alta.
El trayecto de vuelta a la mansión fue silencioso.
No porque estuviéramos peleados. Sino porque ahora había demasiadas cosas entre nosotros. Demasiadas palabras no dichas. Demasiadas miradas que decían más de lo que ninguno se atrevía a pronunciar.
Yo miraba por la ventanilla. Nápoles pasaba ante mis ojos como una película muda. Las calles estrechas, los edificios antiguos, la ropa tendida entre balcones. Todo igual que siempre. Y sin embargo, todo distin