El salón de recepción era una declaración de poder y elegancia.
Lámparas de cristal colgaban del techo como lágrimas congeladas. Las mesas vestidas de blanco y dorado, los centros de rosas, la orquesta de cuerda en un rincón tocando algo suave. Todo gritaba dinero. Ese tipo de dinero que viene de lugares sucios.
Dante me condujo hasta la mesa principal con la mano apoyada en la parte baja de mi espalda. Un gesto de esposo atento. Una marca de propiedad.
—Siéntate —dijo, o más bien ordenó.