Caminé hacia él con las rosas apretadas contra el pecho y el corazón golpeándome las costillas.
No era miedo. El miedo lo tenía controlado desde los doce años, cuando aprendí que paralizarse significaba morir. Era otra cosa. Alerta. El instinto que te grita que algo no encaja antes de que tu cerebro entienda qué.
Los invitados me miraban con curiosidad. Susurraban sobre lo radiante que estaba la novia, sobre la suerte de la familia Rossi al emparentarse con un hombre así. Nadie sabía que la n