La suite nupcial era más grande que el apartamento entero que solía tener.
Cortinas de terciopelo oscuro cubrían las ventanas. Una cama con dosel ocupaba el centro de la habitación como un trono, vestida con sábanas blancas y demasiados cojines. Había rosas esparcidas por el suelo, pétalos sobre la colcha, velas encendidas en cada esquina. Todo olía a jazmín y a expectación.
Y yo solo pensaba en cuánto tardaría en llegar a la puerta.
Seis pasos. Quizás cinco si corría. El pestillo parecía es