Seguí a Enzo hasta el despacho de Ciro con el corazón latiéndome demasiado rápido. No sabía exactamente por qué estaba nerviosa. Bueno, sí lo sabía. Desde la conversación con Rosa, algo había cambiado dentro de mí. Algo incómodo.
Enzo se detuvo frente a la puerta.
—Está solo —dijo—. Y lleva horas despierto. Procura no hacerlo enfadar más.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Enzo hizo una mueca con los labios.
—Encontramos algo esta noche.
Antes de que pudiera preguntar otra cosa, se alejó por el pasil